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sábado, 19 de noviembre de 2016

Mi piel.

Cuanto desorden tengo en un cuerpo tan pequeño como el mío. Me encantaría ser de hierro, dura y fría... pero mi corazón actúa mucho antes que mi cabeza. Para los que no creen en el amor como yo, bueno creía, porque a veces la vida improvisa de tal manera que te va demostrando con la baraja de cartas en la mesa que estabas equivocada, que nada es lo que creías, que es todo mentira, que nada tiene fronteras, ni banderas, ni religión, ni muros al amor. El amor te llega en el momento que menos crees, que menos lo necesitas, que menos lo pides... porque hay muchas veces que tu vida parece que va cogiendo carrerilla y que casi tienes al toro por los cuernos, pero los astros se unen, todas las constelaciones esperan a ese segundo tan perfecto y tan mágico, en el que dos personas se cruzan, el mundo tiembla, la luna se sonroja y el sol da más calor. Tú te tambaleas, porque no sabes exactamente quién es y porque ha aparecido en tu vida, pero cuando sientes que es esa persona lo sabes, lo sabes de verdad. 

Ese fuego interno cuando lo ves, esas cosquillas en el estomago que no paran, esa respiración cortada, esos ojos que clavas con los tuyos, que ves en él hasta su más mínimo sueño. Cuando te tiembla todo el cuerpo por qué se va acercando, porque te está tocando. Cuando se eriza los vellos de la piel, cuando no dejas de sentir el nudo en la garganta... cuando tú sonrisa y la tuya se ponen de acuerdo para bailar en el viento. 

¿Qué bonito resulta esto del amor verdad? Nadie puede frenar esta locura. Al menos eso me dice mi piel. 

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